Evangelio dialogado
NIÑO : Maestro, dices que debemos ser sal y luz para todos. Oye, Jesús ¿no crees que nos pides demasiado?
NIÑA: Sí… me parece que a nuestros padres no les exigían tanto.
JESÚS: Yo no he venido a quitar la ley, sino a darle plenitud, y os aseguro que desaparecerán el cielo y la tierra antes de que deje de cumplirse una letra o tilde de esa ley.
NIÑO: Oye, Maestro, ¿y si nos saltamos algo de lo que dice la ley, o se lo enseñamos mal a los otros?
JESÚS: El que haga eso, será el menos importante el en Reino de los Cielos.
NIÑA: ¿Y si nos esforzamos por hacerlo todo bien y ayudamos a los demás a hacer como nosotros?
JESÚS: Entonces seréis importantes en el Cielo y sal y luz en la tierra.
NIÑO: Maestro, ¿cómo podemos entrar en el Reino de los Cielos?
JESÚS: Tenéis que ser mejores que los letrados y fariseos. A ellos se les dijo: “No matarás, y si uno mata será condenado por el tribunal”. Pues yo os digo: Todo el que trate mal a su hermano será condenado.
NIÑA: Pero Jesús, ¡eso es muy difícil de cumplir! Además… ¿qué pasa si a mi hermano sólo le insulto?
JESÚS: Serás condenado.
NIÑO: Entonces… ¡Así no se salva nadie! Con las veces que nos insultamos todos…
NIÑA: Escucha, Maestro: el otro día al ir a comulgar, recordé que un compañero estaba enfadado conmigo,¡y con toda la razón del mundo!
JESÚS: ¿Qué hiciste?
NIÑA: Pues ¿yooo…? comulgar.
JESÚS: No, amiga, no. Tenías que haberlo dejado todo, ir a pedir perdón al compañero, hacer las paces con él y, sólo entonces, acercarte a comulgar.
NIÑO: Jesús, yo a veces miro lo que no debo.
JESÚS: Eso tiene solución. Si tu ojo te hace pecar, ¡sácatelo! Mas te conviene perder un ojo, que ser echado entero al fuego.
NIÑA: ¿Y si alguna vez cogemos cosas que no son nuestras? También se puede pecar con las manos.
JESÚS: Si tu mano te pone en peligro, córtatela y tírala. Mejor es perder una mano que caer entero al Abismo.
NIÑO: Al menos nos dejarás jurar… si no lo hacemos en falso.
JESÚS: No, no debéis jurar en absoluto. Ni por el cielo, ni por la tierra, ni por el templo de Jerusalén, ni por nada. A vosotros os debe bastar con decir sí o no.
NIÑA: Maestro, dices las cosas muy claras y son tan difíciles de cumplir, que te puedes quedar más solo que la una.
JESÚS: ¿No os gusta? ¿No os parece bien? Pues… marchaos.
NIÑO: No, Jesús, eso no. No nos ofreces un camino de rosas, pero la meta merece la pena. ¿A que sí?
NIÑA: Maestro, te seguiremos a donde tú vayas, y si el camino se hace difícil en ti encontraremos la fuerza necesaria.
Reflexión del evangelio: En una ocasión enseñaba Jesús a sus discípulos cómo su doctrina superaba a la ley de los judíos, les decía: – Habéis oído que se decía «No mates». Pues yo os digo: no os enfadéis, que haya paz entre vosotros. Además si queréis presentarle a Dios una ofrenda, primero debes estar en paz con tus hermanos y amigos. También les decía: – Antes se decía no rompas el juramento y cumple lo prometido a Dios. Pero lo que hay que hacer es ni jurar ni perjurar, sino simplemente afirmad o negad lo que creáis, porque el nombre de Dios no es ninguna broma
Vídeo: Vida de Marcelino Champagnat para niños
Una vez visto el video vamos a intercambiar los puntos que más nos ha llamado la atención. Una vez comentado, hemos podido ver que uno de ellos es que Marcelino luchó por su sueño, hacerse sacerdote, y lo consiguió. Sigamos sus pasos y persigamos lo que queremos con todas nuestras fuerzas y nuestro corazón. Pensando que siempre hay alguien que está con nosotros y que nos guía en cada paso que damos.
Oración:
Señor Jesús, te damos gracias por este día que nos regalas, por la vida que nos das, por la familia que nos cuida, por los amigos que nos quieren, por los maestros que nos enseñan. Te damos gracias porque nos has creado a tu imagen y semejanza, y nos has dado el don de la palabra, para comunicarnos contigo y con los demás.
Sabemos que tenemos mucho que decir, porque tenemos mucho que compartir. Queremos decirte que te amamos, que confiamos en ti, que te necesitamos. Queremos decirte que nos perdonas, que nos ayudas, que nos proteges. Queremos decirte que eres nuestro amigo, nuestro hermano, nuestro salvador.
Pero también queremos decir a los demás lo que sentimos, lo que pensamos, lo que soñamos. Queremos decir a los demás lo que aprendemos, lo que descubrimos, lo que creamos. Queremos decir a los demás lo que nos alegra, lo que nos entristece, lo que nos preocupa. Queremos decir a los demás lo que nos gusta, lo que nos disgusta, lo que nos sorprende.
Ayúdanos, Señor, a usar bien nuestra palabra, para que sea siempre una palabra de verdad, de bondad, de belleza. Ayúdanos, Señor, a usar bien nuestra palabra, para que sea siempre una palabra de alabanza, de agradecimiento, de perdón. Ayúdanos, Señor, a usar bien nuestra palabra, para que sea siempre una palabra de amor, de paz, de esperanza.
Te pedimos, Señor, que nos enseñes a escuchar tu palabra, que es la palabra de la vida, la palabra que ilumina, la palabra que transforma. Te pedimos, Señor, que nos enseñes a escuchar la palabra de los demás, que es la palabra del hermano, la palabra que acoge, la palabra que consuela. Te pedimos, Señor, que nos enseñes a escuchar la palabra de María, que es la palabra de la madre, la palabra que obedece, la palabra que bendice.
San Marcelino Champagnat, que fuiste un gran educador y un gran devoto de María, intercede por nosotros ante el Señor, para que sepamos usar nuestra palabra como un instrumento de evangelización, de educación y de santidad. Amén.
Canción: Hakuna (Huracán)
Reflexión:
Tu eres una Joya Valiosa
– «Vengo maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no hago nada bien, que soy torpe, nadie me quiere. ¿Cómo puedo mejorar?, ¿qué puedo hacer para que me valoren más?»
El maestro le dijo:
– Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después….
Y haciendo una pausa agregó:
– Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y tal vez después pueda ayudar.
– E… encantado maestro – titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
– Bien – asintió el maestro.
Se quitó un anillo que llevaba puesto en el dedo pequeño de la mano izquierda y se lo dio al muchacho, agregó:
– Toma el caballo que está ahí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara, hasta que un viejito se tomó la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.
Después de ofrecer el anillo a todo el que se cruzaba en su camino, y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.
Entró a la habitación, donde estaba el maestro, y le dijo:
– Maestro, lo siento pero no es posible conseguir lo que me pediste. Quizá pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que pueda engañar a nadie respecto al verdadero valor del anillo.
– Qué importante lo que dijiste, joven amigo – contestó sonriente el maestro.
– Debemos primero saber el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. No importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
Llegó a la joyería, el joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó, y luego dijo:
– Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
– ¡¡¿58 monedas?!! – exclamó el joven.
– Sí – replicó el joyero – Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… Si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
– Siéntate – dijo el maestro después de escucharlo.
– Verás, Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto.
– ¿Qué haces por la vida, pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.